Hallstättersee, el inmenso placer de contemplar el entorno

El verano pasado tuve la suerte de conocer un rincón austriaco, el Hallstättersee, un lugar idílico caracterizado por su bello lago rodeado de montañas. Hay varias poblaciones situadas en las preciosas orillas: Hallstatt, Gosau, Obertraun y Bad Goisern. La primera es la más conocida. Su nombre aparece en miles de revistas y webs de turismo. De hecho, para muchos austriacos, Hallstatt es el pueblo más bonito y encantador del país. También para algunos chinos que, al parecer, tirando de excentricidad, han construido una especie de réplica en su inmenso país. No entraré en esta asombrosa cuestión. Ya se sabe, para gustos… colores; y para excentricidades… dinero.

El Hallstättersee es un lago especialmente hermoso. Está protegido por empinadas montañas boscosas que, en primavera, dejan caer la nieve en forma de increíbles cascadas de agua. Cisnes, patos, peces y pájaros adornan elegantemente el paisaje y persiguen a los contados barcos de turistas que dejan caer alimentos para su engorde. Las aguas son cristalinas, maravillosas, aunque para algunos pueden resultar frías. Para un tipo valiente, como servidor, con el cuerpo entrenado en las aguas del Cantábrico, bañarse es el primer instinto que brota nada más acercarse a la orilla. Y de frío, nada.

Este encantador lago, como muchos otros que se pueden encontrar en Alemania, Suiza, Italia o la propia Austria, es un lugar contemplativo. Solo hay que evitar la inmensa masa turística que aborda Hallstatt como aves de rapiña y escapar hacia los prados rasurados que circundan las orillas. Entonces, puedes sentarte, embobarte y alcanzar el clímax. De pura observación. Solo hay que permanecer, estar. Oír las quejas de los cisnes, palpar el manto acuoso, notar las breves patitas de un insecto insensato que se atreve a escalar por tu brazo. Permanecer quieto, meditabundo. Pensar en quién eres y qué es lo que te rodea. Liberar la mente y atender a cada lenta sensación. Atender, ese gran verbo que, entre otras cosas, viene a significar que esperes, que aguardes. ¿Aguardar a qué? Muy sencillo. A todo eso que nos perdemos continuamente por estar absorbidos dentro de vidas rudimentarias, deshumanizadas, repletas de información que viene y va y que nos deja en el sitio con el mismo gusto y el mismo olor. La nada. La sensación de no haber aprendido nada, de no haber vivido nada.

De vez en cuando, hay que pisar un Hallstättersee. Un pequeño rincón físico que nos libera mentalmente y nos recuerda que el entorno forma parte de nosotros, que está ahí, esperando ansioso a ser percibido. Deseoso de que lo sintamos y apreciemos. De que lo toquemos y lo amemos. En definitiva, ¿para qué está la vida si no?

hallstatt

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