La Purga

Imaginemos que durante un día del año, durante doce horas, los delitos quedaran impunes. Podríamos robar, violar, herir y matar. Sin límites. No habría ambulancias, policías o periodistas. El lema sería “ármate y disfruta”.

Respiremos hondo. No es una propuesta personal, ni una nueva ley del Congreso; y, por ahora, no va a pasar. En realidad, es la esencia del argumento de una película futurista, The Purge: La Noche de las Bestias.

The purge tiene las típicas características de una película americana apocalíptica: régimen totalitario, ricos y pobres, pérdida de derechos, abusos de poder, grupo armado de rebeldes, etc. No es una película especialmente memorable. Tiene más fallos que las atracciones de una feria. No obstante, su grotesco planteamiento da para un debate.

La dichosa purga se efectúa un día al año. Concretamente la noche del 21 de marzo. ¿En qué consiste? Muy sencillo. Tienes dos opciones. La primera, atrincherarte en tu casa de la mejor manera posible. La segunda, armarte hasta los dientes y colaborar en la purga, la exterminación entre semejantes. Una curiosa manera de celebrar la llegada de la primavera.

¿Participarías en la purga sabiendo que tus delitos quedarían impunes, que nadie haría eco de tus fechorías? ¿Darías rienda suelta a tus instintos más perversos? Sabemos que hooligans, bandas callejeras y psicópatas vivirían exclusivamente para este día del año, pero ¿y tú?

La mera idea de pensarlo ya genera pavor. Sin embargo, la relatividad en la que vive el ser humano es tal que cuando algo forma parte de nuestra sociedad, por muy malo que sea, deja de ser un conflicto moral. Los romanos lanzaban seres humanos a los leones, los cristianos quemaban librepensadores en las hogueras, en el siglo pasado sucedieron las dos mayores guerras de la historia, y, hoy en día, hay países que practican la ablación, la lapidación o la decapitación. Auténticas barbaridades que algunas culturas ven con buenos ojos.

Volvamos a hablar del día de la purga. Aceptemos que hemos absorbido un nuevo contexto cultural y lo vemos como algo normal. Me armo con un hacha del Leroy Merlín y tiro abajo la puerta de la casa del vecino, que lleva dos semanas en obras y me tiene de los nervios. Mato al susodicho y, de paso, animado por la adrenalina, a su mujer, a su hija y al perro, un simpático y gordito bulldog que se caga en el descansillo. Me voy satisfecho. Se acabaron las obras.

Antes de entrar en mi piso, ya que estoy en plan violento, decido pasarme primero por el de otro vecino, el maestro del bricolaje dominguero. Zas, zas y zas. Reduzco la población nuevamente. ¡Qué a gusto me siento! ¡Qué favor le hago a la sociedad! Pero no he decidido acabar. Aún me queda el del ático, el que no paga la comunidad desde hace años. Llego tarde, otro vecino se me ha adelantado. Entonces, esta vez sí, con cierta decepción, es momento de volver a mi piso. La puerta está abierta. Entro y descubro que alguien ha venido a por mí, a matarme a mí y a toda mi familia. Ni siquiera sé por qué. Como tampoco lo sabían mis vecinos.

En la vida actuamos y tomamos decisiones que implican, en ocasiones, un perjuicio o molestia a los demás. Muchas veces ni siquiera nos damos cuenta, seguramente por falta de empatía. Hablamos, pero no escuchamos. Sentimos las cosas que suceden a nuestro alrededor, pero no las percibimos tal y como son. Creamos una realidad personal sin valorar las realidades de los demás.

Espero que la deshumanización que nuestra sociedad está sufriendo no nos lleve a un declive tal que acaben implementándose auténticas medidas drásticas como puede ser una autopurga. Sin embargo, no estaría de más que tan histéricas visiones de futuro nos sirvieran de toque de atención para que tomásemos mayor conciencia de la falta de interés que ponemos en las personas que nos rodean. A veces, el simple hecho de entender en qué molestamos o cómo hacemos daño a los demás puede facilitar una convivencia coherente y, aunque suene utópico, hacer del mundo un sitio mejor para todos y cada uno de los que vivimos en él. Nuestros actos tienen consecuencia. No lo olvidemos.

la purga

 

 

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