La mina

Las uvas de la ira es una novela escrita por John Steinbeck en el siglo pasado. Narra las injusticias que sufren los agricultores americanos al ser expulsados de sus tierras para ser sustituidos por máquinas precursoras de la época, los tractores. Estas máquinas son una revolución increíble que reduce la necesidad de mano de obra. Como consecuencia, los agricultores pierden su trabajo y su casa. En plena depresión, tras el crack económico, no estaba la cosa para ir perdiendo nada, así que los pobres agricultores se quedan bastante jodid**.

Una de las curiosidades de la historia, de la novela y de la realidad, es que son los propios agricultores los que conducen los tractores. Los pocos que consiguen el empleo son, en definitiva, los que expulsan a los demás. Se podría analizar como una especie de suerte. Una ruleta de la fortuna. Ninguno deseaba perder el empleo, pero ante la posibilidad, mejor cogerlo yo. Al fin y al cabo, Darwin y sus colegas nos describieron muy bien con aquello de la supervivencia.

El canibalismo socio-laboral es una especie de carnicería que realizamos de nuestros semejantes. Estamos dispuestos a comernos a nuestro vecino, a vender su piel, y nosotros nuestra alma, con tal de salir mejor parados que ellos.

Hay un detalle del libro de Steinbeck que a mí me produjo risa. Risa trágica, por supuesto, pero es que un servidor es amante del humor ácido, tan ácido que podríamos llamarlo corrosivo. Resumo la escena:

Un hombre llega en su flamante descapotable a un campo para transmitirle al campesino y su numerosa familia que lo desahucian al día siguiente. Que se tiene que ir. Que debe abandonar la tierra donde nacieron, se criaron y vivieron. Ya no los necesitan. Son una pieza innecesaria de un puzle incomprensible. Bueno, el caso es que el campesino reacciona un poco aturdido y amenaza con descerrajarle dos tiros de su escopeta, que viene a ser como nuestro teléfono móvil, algo inseparable. El hombre avisa que solo es un mensajero y que si le disparan vendrá otro detrás.

—¿A quién disparo entonces? —pregunta el campesino.

—La decisión es de la empresa.

—Pues iré y dispararé al presidente.

—No seas tonto, la empresa no es del presidente. Él no toma las decisiones. Las toma el banco.

—Pues dispararé al del banco.

—El del banco no toma las decisiones, las toman desde Nueva York.

—Etc.

Al final, no había nadie a quien disparar y el pobre campesino se tuvo que conformar con agachar la cabeza y volverse loco.

Resulta curioso que hace 75 años de este diálogo y ya nos estaban avisando de que el sistema empresarial estaba tejiendo una red de irresponsabilidad tan grande que superaba al propio ser humano.

Volviendo al canibalismo socio-laboral, tan presente en nuestras vidas y en nuestro país, sin saber si tienen razón o no, gusta ver, de vez en cuando, personas y profesiones que todavía intentan mantenerse unidas. Es el caso de los mineros de Aguablanca, en Monesterio, entre Extremadura y Andalucía. Al parecer, algunos llevan una semana encerrados en la mina para protestar por el posible cierre. Les envío mi más sincero aplauso.

La reflexión que se me plantea me pone la piel de gallina. Estos mineros y los agricultores de hace 75 años que describe Steinbeck se pueden diferenciar en su educación, idioma y otras tantas cosas. Sin embargo, su situación es la misma. Una empresa sin dueño, un ente caníbal, les arrebatará sus vidas. Ahora o cuando lo decidan. Da que pensar… pues, entonces, ¿qué hemos aprendido en estos 75 años de evolución?

la mina

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